La industria de la pesca en Ceuta

La industria conservera también ha pasado a la historia esplendorosa de la ciudad, donde según estadísticas, en 1958, figuraban 106 las mujeres sindicadas, pero en conjunto las empleadas en la manufacturación del pescado en estas fábricas, superaban las 1.500

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José María Fortes Castillo

Hace tiempo que no contento a mi amigo Pedro Duarte Hernández, realizando un trabajo relacionado con la pesca en Ceuta y su casi olvida industrias conservera y salazonera. Desgraciadamente la pesca en nuestras aguas, por parte de barcos locales, ha desaparecido, no así por los pescadores marroquíes, de Tarifa o Algeciras, que siguen faenando en aguas ceutíes.

La industria conservera también ha pasado a la historia esplendorosa de la ciudad, donde según estadísticas, en 1958, figuraban 106 las mujeres sindicadas, pero en conjunto las empleadas en la manufacturación del pescado en estas fábricas, superaban las 1.500. Estas mismas estadísticas, nos revelan que los hombres dedicados a la pesca en este mismo año y según consta en la Comandancia de Marina, eran 4.531. En estas estadísticas, no figuran los hombres empleados en las almadrabas ni en las fábricas de conservas, por lo tanto, nos podemos figurar el gran número de empleos que por una deficiente gestión política-administrativa ha perdido la ciudad.

Desde que los fenicios por primera vez se instalaron en nuestro suelo (según cuenta el geógrafo Estrabón (III, 5,5,) recogiendo una narración de Posidonio de hacia el año 100 a. C., la llegada de navegantes fenicios venidos del otro extremo del Mediterráneo, data del año 1.100 a. C. Esto hizo que Ceuta desde siempre, fuese una ciudad típicamente, marinera y pescadora. Tradición tan longeva, nunca debió desaparecer. La administración ceutí, se mostró inoperante en este asunto, pero aquella penosa desidia en el asunto pesquero, se vio de alguna manera disfrazada o disimulada, por el impacto que causó en la ciudad, por esas mismas fechas, la arribada de “paraguayos”. Turismo de un solo día, de compra en los bazares y que dejaba los jardines y bancos de la ciudad llenos de residuos de comida. Pero aquella circunstancia cegó a los políticos ceutíes. Generó puestos de trabajo, si, ¿pero a donde están ahora?, y eso les hizo ver un futuro optimista sin llegar a analizar el tema con más rigor. De esta manera, ilusionados por aquella algarabía, no supieron analizar que, aquellos momentos de auge del comercio local, era una etapa momentánea de nuestra ciudad, y qué a cambio, se estaba perdiendo lo que de siempre fue nuestro “santo y seña”: la pesca, la conserva y las salazones.

A “trancas y barrancas” aún perdura la industria de la salazón, aunque muy minimizada por el total abandono y prestas de ayuda por parte de las autoridades. Dentro de este apartado, ha desaparecido por completo la anchoa, que tan popular fue hasta mediados del siglo XX. Ahora si queremos boquerón anchoado, tenemos que comprarlo del Cantábrico, cuando tan abundante fue siempre en Ceuta. Yo la última lata que compré, la adquirí al “Quemao” en la casetilla que poseía a la derecha de la rampa de la playa de Miramar. Trabajando estaba yo, adecuando la playa para el uso de los bañistas cuando le compré aquellos sabrosos boquerones en salazón.

Sería una lástima que esta tradición, tan vinculada a nuestra ciudad, se perdiera, aunque no por eso, en Ceuta se dejaría de comer en sus fechas, los bonitos o voladores (y así lo hice constar en la Delegación del Gobierno, cuando en el año 1994, se empecinaron en prohibir los secaderos de pescado), porque ese mismo producto entraría en la ciudad, desde Castillejos o el Rincón, ¿pero tendrían las mismas garantías sanitarias, que los que vemos de salar y secar en los llanos ganados al mar, junto a la playa de las Piedras Gordas?

Autoridades de la Asamblea, por favor, salven la única reliquia que nos queda de aquel pasado que nos revela que Ceuta, fue una cetariae o factoría fenicia y más tarde romana donde se manufacturaba el garum, que tanto se consumía en las grandes bacanales que se celebraban en Roma.

Colaboración de José María Fortes Castillo

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