La hija del policía que supuestamente asesinó a su mujer: “Intenté quitarle el arma para salvar a mi madre”

TRIBUNALES

La joven, de ahora 21 años, ha tenido que lidiar desde 2022 con problemas psiquiátricos, ansiedad y depresión. Ahora asimila cómo la defensa de su padre la señala por forcejear y “provocar accidentalmente” el disparo que acabó con la vida de su progenitora en Ceuta

M.G.L. declara en la Audiencia Provincial. / FOTO NICOL'S
M.G.L. declara en la Audiencia Provincial. / FOTO NICOL'S

No era fácil la papeleta de la joven de 21 años, M.G.L, este martes durante el juicio en el que se juzga a su padre por supuestamente asesinar de un tiro a su madre en su casa en marzo de 2022 en la barriada Parques de Ceuta. Fue la primera en declarar después de las alegaciones de todas las partes. Decidida, firme, tajante y sin titubeos, la chica, que estuvo presente en la vivienda durante el crimen y era menor de edad, contestó a las preguntas de su abogado, del Ministerio Público y de la letrada de su progenitor, que escuchaba a su hija tras un biombo. Además de los problemas psiquiátricos y psicológicos que detalló tras el traumático suceso, la niña ha tenido que asimilar cómo la defensa del supuesto criminal ha preparado una estrategia para señalarla por “provocar accidentalmente” y tras un forcejeo el disparo que acabó con la vida de su madre. “Intenté quitarle el arma para salvarla”, subrayó.

“Nunca pensé que podría pasar”. M.G.L. narró durante horas este martes el supuesto maltrato habitual y el miedo al que su padre, policía local de Ceuta, la sometía a ella y a su madre desde que tiene uso de razón. “¡Te voy a dar un zambombazo!”, explicaba la joven que era alguna de las frases con las que Alonso G. se dirigía a su esposa. “Nos echaba la culpa por todo”, recalcó.

La niña describió la relación del matrimonio como “seca”, con pocas muestras de cariño, y matizó que la actitud de su madre cambiaba radicalmente cuando su padre no estaba presente. “Él siempre quedaba por encima. Si no le gustaba la comida decía que era una mierda, si yo me quejaba por algún dolor me decía que era débil y que a los 18 años me echaría de casa”, sostuvo M.G.L.

Eran habituales las escenas agresivas por parte del padre hacia la madre: insultos, expresiones malsonantes o porrazos a las puertas. La progenitora, María de los Ángeles L., contestaba siempre con un tono de voz calmado, todo según su hija. Solo susurraba o incluso callaba cuando se escuchaba la apertura de la caja fuerte, donde el acusado guardaba la pistola. “Ahora puedo imaginar lo que significaban los sonidos del código al abrirse”, ha confesado tres años después.

“Te decía loca, zumbada, tonta, ‘te voy a encasquetar una hostia’. Era algo frecuente”. En este infierno se crió la joven de entonces 17 años y en tratamiento psicológico por aquella época -y en la actualidad-, y también con un hermano de 12 que aquel trágico día no se encontraba en la vivienda. Un control férreo, un miedo permanente ante episodios hostiles de su padre, que rastreaba el móvil de su esposa, le gritaba, controlaba sus entradas y salidas y la mantenía atrapada en una ‘cárcel’ donde convivían juntos en Parques de Ceuta. Su escape, puntualizó la chica durante el juicio, era encerrarse en su habitación, cerrar la puerta y evadirse del mal ambiente que reinaba en la casa habitualmente.

Los síntomas empezaron a evidenciarse para M.G.L. incluso antes del día del crimen. Con 15 años ya estaba en tratamiento psicológico, repitió curso, se sentía “agobiada” y con baja autoestima, ansiedad social, tenía pocos amigos. Finalmente acabó recurriendo a varios ‘coach’ motivacionales o psicólogos sin éxito.

“Vivía en mi mundo, evadiéndome de todo. No me daba cuenta. Mi madre me quería mucho, escuchaba mis problemas, cerraba la puerta de mi cuarto y me preguntaba que qué me pasaba, lloraba conmigo, me animó cuando repetí curso”, relató la joven emocionada.

“Mamá, te amo”

La joven de 21 años ha tenido que lidiar este martes, después de las preguntas de las acusaciones, con el duro interrogatorio de la letrada del supuesto criminal, que la señala directamente como la causante “de forma accidental” de la muerte de su madre.

M.G.L. dejó claro en todo momento que estaba en casa estudiando cuando llegó su padre, que le pidió explicaciones sobre por qué no estaba en la escuela antes de preguntar por su madre. La chica, como era habitual, se encerró en el cuarto y solo salió para presenciar el horror que se le quedó grabado desde entonces.

Escuchó un “grito ahogado”, discusiones sobre el supuesto extravío de una cita médica y un “glock glock” de cómo se cargaba un arma. En ese momento salió de su habitación y vio a su padre dirigirse, pistola en mano y apuntando a su esposa, hacia la cocina. “Me paré frente a él y le hice que la bajara. Mi madre estaba petrificada. Le dije que los necesitaba a los dos. Que no lo hiciera, que pensara en mí y en mi hermano”, aseguró.

Según su testimonio, cuando parecía todo más o menos controlado, sin mediar palabra, Alonso G. disparó a bocajarro a su mujer delante de su hija, que todavía vive con un calvario en forma de problemas mentales, antidepresivos y tratamientos psicológicos inusuales para una niña de 21 años.

De acuerdo con la versión de la joven -puesta en duda por su padre y su abogada-, el acusado volvió a levantar el arma tras herir en un hombro a su mujer. Fue entonces cuando M.G.L. empezó un forcejeo con su progenitor, resbalaron y otra bala fue a parar a la nevera de la cocina.

“Intenté quitarle el arma para intentar salvarla. Después me dijo que ya guardaba la pistola. Que parara ya, que me iba a hacer daño”, afirmó. Luego Alonso G. emprendió su camino hacia el cuarto del matrimonio para dejar el revólver, el cargador y el cinturón.

Mari Ángeles yacía entonces en el suelo, herida de muerte. Su hija, con un ataque de nervios, fue a socorrerla y mantuvieron ambas la última conversación de sus vidas.

- ”112”, alcanzó a decir la progenitora para instar a que llamara a los servicios de emergencia.

-”Te amo”, concluyó la joven, de entonces 17 años.

M.G.L. corrió a casa de sus parientes, una planta más abajo. Alarmó a su primo y consiguió también que su tío volviera de hacer unos recados para que presenciara la escena del crimen. Policía Local, Nacional y servicios de emergencia llegaron al poco tiempo, pero Mari Ángeles ya estaba muerta.

-“¿No tuvo usted miedo de salir de casa y volver al lugar donde había ocurrido el suceso?”, preguntó la letrada de la defensa refiriéndose a cuando la joven salió en busca de su tío y volvió aún con su padre en la casa.

-“Por supuesto que tenía miedo, pero mi madre estaba ahí”, expresó tajante.

“Ya no tengo miedo”

Tras la experiencia traumática y después de salir de su casa aquel día con una toalla enrollada en la cabeza para no ver de nuevo el cuerpo sin vida y desangrado de su madre, la joven lleva tres años intentando salir adelante.

Tres psicólogos, psiquiatras, antidepresivos, ansiedad, estrés postraumático, autoestima baja, problemas para relacionarse con la gente, pesadillas o insomnio son algunas de las secuelas de aquella escena que todavía hoy se le aparece al cerrar los ojos e intentar dormir.

Intentó retomar los estudios, pero no consiguió terminar Bachillerato. Solo un tiempo después del crimen hizo un sobreesfuerzo y pudo sacarse un grado medio de repostería “con buenas notas”. “Ahora estoy más tranquila, intento hacer mi vida, aunque siento culpa. Culpa de no haberla podido salvar, de no ver antes que estaba en peligro”, lamentó. De las pocas cosas que ha podido rascar de manera positiva la joven tras el suceso ha sido la de su mayor seguridad desde que no convive con el presunto asesino. “Eso sí, ya no tengo miedo”.

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