Los últimos pescadores de Ceuta
PESCA
Un paseo por la lonja confirma que el sector pesquero en la ciudad autónoma se ha vuelto una práctica residual. Las “continuas trabas” de las autoridades y los precios desaniman a unos profesionales que añoran tiempos pasados
Damián y Brahim quitan con dificultad el “limo” de sus redes de pesca. Es una tarea tediosa que ambos hacen con paciencia mientras el barco se mueve con el oleaje en la lonja antes de salir de nuevo ‘a la mar’. Su travesía desde las siete de la mañana por la potabilizadora les ha dado para unos “kilillos” de brótola, de salmonete, rascacio, gallineta, forraje y para un pulpo. La práctica que antes, hace más de dos décadas, era clave para la economía de Ceuta, se ha vuelto algo residual. Dos o tres botes salen a diario para surtir de material a los restaurantes y al Mercado Central. Otros esperan el tiempo de la Almadraba, en mayo. Mientras, cobran el paro o alguna ayuda. Se cuentan con los dedos de una mano. Las trabas de las autoridades para pescar y los precios han hecho perder la fe en el futuro a los pocos que ya quedan por el recinto. “Esto está muerto, amigo”.
Dani limpia un salmonete sentado en una silla de plástico próximo al mar con una caja al lado en la que reposan los ejemplares que ha pescado desde las seis de la mañana. “La cosa está flojilla. 30 o 40 kilos diarios. Quedamos ese chaval y yo. Bueno y ese barco de allí que sale de vez en cuando”, cuenta refiriéndose a Damian e Ibrahim, además de a otro bote apodado ‘Llobatera’. El marinero explica con un ápice de optimismo fugaz que uno de los ejemplares ‘estrella’ es el rascacio, utilizado para hacer el paté de cabracho. La alegría, consecuencia de la vocación, le dura poco. Cuando recuerda dónde está.
“Esto no lo quiere ya nadie en Ceuta hijo. La mar no la quiere ya nadie. Esto es muy sacrificado. Es estar todo el día tirado en la mar para ganar cuatro duros. Pero en la calle no hay nada. Por lo menos aquí vas sacando algo para comer”, cuenta Dani. La tradición familiar fue lo que llevó a este marinero a dedicarse a esta práctica desde que tiene uso de razón. Le gusta, admite, pero sabe que poca gente, sobre todo las nuevas generaciones, seguirá sus pasos. “La pesca aquí en Ceuta está muerta. Los marineros no tenemos sueldo. Si coges pescado, comes, sino no tienes nada que llevarte a la boca”, zanja.
En una barquita azul próxima Damián y Brahim lamentan que les fallara una de las redes. Hubieran pescado más, exponen. Tiene explicación. Allá por 2015 fue vista por primera vez en Ceuta un alga asiática de nombre científico rimbombante: Rugulopteryx okamurae. El Ministerio de Transición Ecológica la catalogó en 2020 como especie invasora. Diversas investigaciones señalan que llegó en barcos de mercancías procedentes del océano Pacífico. “Ya va por Málaga”, afirma Damián. El problema, explican los marineros, es que se pega a la red y la tumba. Por lo que queda anulada. No pescan nada. “Si el limo valiera dinero seríamos millonarios”, comenta Damián sin perder el humor.
Los obstáculos por parte de las autoridades, sostienen, les dificulta “cada vez más” salir a pescar. “Nada, amigo. Esto se pierde. El Gobierno nos pone trabas continuamente. Papeles arriba y papeles abajo. Siempre hay problemas. Es insoportable. La Guardia Civil viene siempre hacia donde estemos. Para tres barcos que somos…Están aburridos. Si ganáramos millones no estaríamos aquí. Son muchos años ya buscándonos la vida”, lamenta Damián.
Ambos marineros sacan el pescado, lo limpian, quitan las algas de las redes. Vuelven a embarcar…Este día de mediados de marzo están aprovechando. “Antes de que llegue el temporal, que será mañana”, vaticina Brahim mientras no cesa en su empeño de sacar el limo de las redes. “Hay veces que no sacamos nada Hermano. Y reza para que no se te rompa ninguna pieza del barco o para que no te fallen las redes. Esto ya no merece la pena”, explica el joven.
Otros tiempos
Todos en la lonja recuerdan aquellos años. En los 80 o 90, cuando el recinto era otro, en el Poblao Marinero. No había que pedir autorización para entrar, tenían más espacio para pescar y las subastas desde temprano ofrecían los ejemplares a un precio que ahora parece irrisorio. “Era una alegría”, sostiene Damián.
Poco a poco se ha ido perdiendo. Las trabas por parte de Marruecos para pescar en sus áreas, ricas en pescado, han ido limitando a unos pescadores que añoran aquellos tiempos. Fiestas, verbenas, decenas de barcos, precios baratos…”También es que los jóvenes no se van a querer dedicar a esto. Sobre todo en estas condiciones”, expresa Damián. El marinero tiene un hijo de 10 años. “Jamás querría que se dedicara a esto, menos en Ceuta. Que estudie. Yo mismo quiero hacer algún curso, sacarme un título y en cuanto pueda me voy de aquí”.
Brahim también añade que antes el bonito, por ejemplo, valía unos seis euros. Ahora, entre que el pescado va del puerto de Tánger a Málaga, de la Costa del Sol a Algeciras y luego a Ceuta, los precios se han disparado. Esto, cuenta, ha afectado tanto a pescadores y comerciantes como al cliente. “Esto no está pagado. Es como la agricultura. ¿Cuánto cuesta coger unos kilos de patatas? ¿A cuánto se venden? ¿Céntimos?”, concluye Damián.
Algo más apartado del agua Mohamed hace otro de esos trabajos solo aptos para gente paciente. Arregla las redes que se han roto durante la travesía en el mar. Las va cosiendo poco a poco, con parsimonia, pero con destreza. Lleva desde 1999 y tanto él como el empleado de limpieza, que lleva 18 años viniendo a la lonja y se suma a la conversación, coinciden en que esto antes era “una maravilla, otro mundo”.
A unos metros de ellos, frente a decenas de gaviotas que desmenuzan un pez, varios marineros hacen como que pintan un bote de azul. Miran el móvil, charlan al sol, se ríen. Uno se identifica como ‘lobo marino’, otro es menos sofisticado: Yamal. Cobran el paro, alguna ayuda, y esperan al mes de mayo para pescar en la Almadraba. Una “minitemporadita”, como ellos la definen, de ocho meses. El proyecto del cable eléctrico que pasará por la explanada de Juan XXIII desplazará, cuentan, dicho espacio al de la barriada del Recinto. Tienen dudas. “Allí el temporal es diferente. Veremos a ver si no nos perjudica”, dice Yamal. Otra posible traba para unos marineros que ya parecen tener pocas ganas de lucha.
Cerca de la cancela de salida de la lonja se escucha una radio con éxitos de los 90. José Hernández, pescador jubilado de 76 años y patrón de un barco, arregla un pequeño bote próximo a su casetilla. Barba blanca. Manos grandes, de hombre rudo. Desde los ocho años “en la mar”. Tradición familiar, dice. “Hasta mayo aquí no hay pesca ninguna”, advierte. Los años 80, afirma convencido, fueron los tiempos dorados de esta práctica en Ceuta.
-¿No sales ya a pescar, José?
-No puedo hijo. No me dejan. Vengo a entretenerme un rato. Pero lo echo mucho de menos. Me entra mono cada vez que vengo. Pero ya esto no es igual, también hay que decirlo.
Hernández pasea por la lonja. Huele a mar. Espanta a varias gaviotas. Vuelve a su botecito. Entra en la casetilla. Seca pescado. Es lo que le queda. La pesca en Ceuta es para cuatro valientes. Hernández sabe que ya, rememorando tiempos pasados, no se pierde mucho.
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